
Fueron Años, ¿qué digo? ¡fueron cuatro largas décadas! Yo no entendía lo que me pasaba, sabiendo que era una niña y habitando un cuerpo que sí era mío y lo sentía femenino, salvo por ciertas partes que sobraban y había que armonizarlas.
El viaje fue muy largo; sin la facilidad que los tiempos modernos te ofrecen con el internet para buscar información de cualquier tema, yo solo recibía señales negativas del entorno que decían que la diversidad era mala, una desviación o incluso enfermedad mental.
Decir que estaba confundida sería minimizarlo; me sentía culpable, que es el arma de manipulación por excelencia en occidente, y al no entender lo que me pasaba, mucho menos podía encontrar una salida… ¿salida a qué? si ni siquiera podía nombrarlo. Desesperante.
La desinformación hizo lo suyo al pintarnos como personas negativas con vidas rotas, algo con lo que definitivamente no me podía identificar. Ni negativa, ni rota y mucho menos inmoral. Yo pensé que no era una de “esas personas trans”, que además se decía que vivían “en el cuerpo equivocado,” lo cual no era el caso.
Mis pequeños intentos se limitaban a ponerme ropa de mujer cuando estaba sola; ¡ponerme minifaldas me hacía sentir una gran euforia! pero no había avance. Tomé por fin una decisión: llevarme el secreto a la tumba y solo vivir mi parte femenina en la fantasía.
La solución llegó mientras me comía un sándwich en mi oficina y un doctor explicaba en el radio lo que me pasaba. Fue poner en palabras, explicadas desde la ciencia, lo que había sentido cada día de esas cuatro décadas. Era explicar la realidad, que es lo que hace la ciencia, por si a alguien se le escapa la definición.
El propósito principal de la ciencia es explicar cómo funciona el universo.
En ese momento sentí una tremenda compasión por esa persona confundida que había sido, que vivía una tortura cada vez que se referían a ella con el nombre que aborrecía, con los pronombres equivocados, o que la sociedad la empujaba a odiosos roles de género que no tienen base en nada, aguantando lo impensable.
Ahí fue que pensé, por error, que como yo ya lo había entendido bien, las demás personas lo harían; a fin de cuentas, yo se los daría ya digerido. Había estudios científicos clarísimos, que no eran una opinión, sino la comprobación de que yo no había tenido injerencia en la definición de mi identidad de género, sino que así había nacido. Me abrí con mi familia…
Pero fue como hablarle a una pared, que me veía con ojos de desconfianza y oía que le explicaba algo; pero no escuchaba. Era solo ruido de una persona que quizá se había vuelto loca.
La sociedad entiende mal el género, basándose en mitos, pero el problema es que están tan enraizados que la gente no está dispuesta a cuestionarlos.
Aprendí mucho de la disonancia cognitiva, en donde las personas intentan mantener la coherencia con sus creencias mientras que la evidencia les grita que están equivocadas. Le demostraba a mi familia con hechos que yo había dado muchas muestras a lo largo del tiempo, sin embargo, le buscaban justificaciones absurdas:
No eres trans; estás en la crisis de los cuarentas.
Siempre jugaste deportes masculinos (si es que eso existe).
Mientras más se daban cuenta que mi transición iba en serio, más sobre reaccionaban y mayor era su angustia. Los comportamientos pasaron de la negación a la agresión, y no hablo de agresiones menores, porque a veces me mandaron al hospital, llena de ronchas por stress, o me quisieron meter el pie como pudieron, tratando de sabotear aquellas relaciones que me apoyaban para que me quedara sola.
Era algo así como pensar: si se lo hacemos más difícil, quizá desista de transicionar.
Un día me dijeron que vistiéndome de mujer me iban a agredir en la calle y les contesté que efectivamente, me iban a agredir, pero si mi casa era el primer lugar inseguro, yo tenía que continuar con mi vida en otro lado.
Era muy difícil darme cuenta en tiempo real, siendo el objeto de sus agresiones, pero en retrospectiva aprendí varias lecciones trabajando con familias trans. Resulta que en su mente, todas esas agresiones venían de un tremendo miedo, no un miedo moderado y controlable, sino más parecido al pánico. En su mente, preferían agredirme porque pensaban que lo hacían por mi bien.
“Mejor hacerla desistir a que lo pierda todo”, pensaban.
No les faltaba razón en pensar que la vida sería muy dura para mí al transicionar, pero no midieron el dolor que nos causa el vivir de manera no auténtica, por medio de un personaje que sí está cada vez más roto; te empiezas a volver una copia de la copia, cada vez con menos resolución. Tu único poder real es cuando te alineas con quién eres en realidad, y ahí puedes liberar tu verdadero potencial.
A las familias les falta de entrada un componente que la persona trans si tiene: el haber vivido su vida de manera no auténtica y experimentar ese dolor. Mientras más te alejas de quien eres, se convierte en una peor tortura existencial.
Esa era la razón por la cual la explicación del doctor me resonó a la primera pero a ellos no. Yo lo había vivido en silencio, en secreto, y cuando el doctor explicó lo que me pasaba era como si yo misma lo hubiera relatado. Para la familia fue algo que les cayó como bomba y de sorpresa. Sí, había señales, como cuando mi hermana me dijo que ni siquiera su amigo gay se ponía crema con brillitos cuando me vio utilizarla, pero de alguna manera su mente no hacía la conexión y creía que solo era una excentricidad.
¿Y cuando se les explica que llevabas años así, o décadas, y lo que sentías? ¿Cuándo ibas notando como te apagabas y la vida se te iba sin ser tú? Nadie da el paso de transicionar inocentemente, creyendo que no va a haber consecuencias. Nadie pasaría por esto si no le quemara.
Pero la ecuación para las familias es diferente que para ti: al no experimentar discordancia de género, miden perfectamente el riesgo de transicionar, pero no el de no hacerlo. Ese no lo conocen.
Las familias quieren a sus hijes trans y quieren protegerles, eso no está en duda. La buena noticia es que por medio de la información de fuentes fidedignas y poniendo verdadera atención a los sentimientos de sus hijes, comienzan a notar el cambio positivo cuando se recibe atención afirmativa de género. La transición libera, empodera, te quita cadenas que nunca debieron estar ahí.
A las familias se les baja la ansiedad al quitar los prejuicios y darse cuenta de que podemos tener vidas felices en nuestro género afirmado y pasan de la duda y el miedo, a la comprensión y la seguridad. Los hechos hablan fuerte.
No se trata de mentirle a las familias, diciéndoles que la transición está libre de retos; serán muchos los obstáculos y por primera vez empezarán a vivir la discriminación en carne propia. Yo estoy segura de que, aun cuando mi familia no entendiera al principio, jamás hubieran permitido que alguien me agrediera o hablara mal de mí. Ahí me di cuenta que había esperanza.
Aprender cosas nuevas, difíciles, y de tanta carga emocional toma tiempo. Nadie se vuelve experto o digiere algo así de complejo tan rápido, que cuando le sumamos el miedo, la desinformación que hay que “borrar del disco duro” para que entre la información correcta y tantos obstáculos, comprendemos también lo difícil que puede resultar.
Por eso nos ponemos también en los zapatos de las familias y les llevamos por los caminos más amables y rápidos a vivir lo que ahora también es su viaje de género, sin juzgarlas. Al contrario, las honramos por su valentía y porque de ellas depende en gran medida que sus hijes lleven vidas felices y de realización.
Es difícil, es tardado, ¡pero se llega!
No vivas esta experiencia en soledad, queriendo sostenerlo todo y sin comprender bien lo que está viviendo tu hije. Te invitamos a inscribirte en nuestro grupo Navegando el viaje de género para familias con hijes de género diverso, en donde aprenderás las mejores prácticas para ayudar a tu hije desde ciencia y la atención afirmativa de género y trabajaremos con tus sentimientos como el miedo, la culpa, el duelo y la tristeza, porque tu hije te necesita fuerte para apoyarle y tu mereces todos los cuidados y herramientas para estar bien.
Juliette Greenham Güémez es coach de crianza de la TransFamily Alliance y facilitadora de Navegando el Viaje de Género, el programa en español para familias con hijes trans y de género diverso. Contadora y MBA por la Universidad de Kent, en Inglaterra, combinó una sólida carrera en finanzas con su propia experiencia de transición después de los 40 años para dedicarse de lleno al acompañamiento de familias en su viaje de género. Es escritora, investigadora y creadora de contenido comprometida con la divulgación responsable de la diversidad de género. Juliette trabaja junto al equipo de la TransFamily Alliance, el Gender Health Training Institute y Quest Family Therapy, y sabe de primera mano lo que significa encontrar el camino hacia una vida auténtica — y lo que una familia amorosa y bien informada puede cambiar.

Fueron Años, ¿qué digo? ¡fueron cuatro largas décadas! Yo no entendía lo que me pasaba, sabiendo que era una niña y habitando un cuerpo que sí era mío y lo sentía femenino, salvo por ciertas partes que sobraban y había que armonizarlas.
El viaje fue muy largo; sin la facilidad que los tiempos modernos te ofrecen con el internet para buscar información de cualquier tema, yo solo recibía señales negativas del entorno que decían que la diversidad era mala, una desviación o incluso enfermedad mental.
Decir que estaba confundida sería minimizarlo; me sentía culpable, que es el arma de manipulación por excelencia en occidente, y al no entender lo que me pasaba, mucho menos podía encontrar una salida… ¿salida a qué? si ni siquiera podía nombrarlo. Desesperante.
La desinformación hizo lo suyo al pintarnos como personas negativas con vidas rotas, algo con lo que definitivamente no me podía identificar. Ni negativa, ni rota y mucho menos inmoral. Yo pensé que no era una de “esas personas trans”, que además se decía que vivían “en el cuerpo equivocado,” lo cual no era el caso.
Mis pequeños intentos se limitaban a ponerme ropa de mujer cuando estaba sola; ¡ponerme minifaldas me hacía sentir una gran euforia! pero no había avance. Tomé por fin una decisión: llevarme el secreto a la tumba y solo vivir mi parte femenina en la fantasía.
La solución llegó mientras me comía un sándwich en mi oficina y un doctor explicaba en el radio lo que me pasaba. Fue poner en palabras, explicadas desde la ciencia, lo que había sentido cada día de esas cuatro décadas. Era explicar la realidad, que es lo que hace la ciencia, por si a alguien se le escapa la definición.
El propósito principal de la ciencia es explicar cómo funciona el universo.
En ese momento sentí una tremenda compasión por esa persona confundida que había sido, que vivía una tortura cada vez que se referían a ella con el nombre que aborrecía, con los pronombres equivocados, o que la sociedad la empujaba a odiosos roles de género que no tienen base en nada, aguantando lo impensable.
Ahí fue que pensé, por error, que como yo ya lo había entendido bien, las demás personas lo harían; a fin de cuentas, yo se los daría ya digerido. Había estudios científicos clarísimos, que no eran una opinión, sino la comprobación de que yo no había tenido injerencia en la definición de mi identidad de género, sino que así había nacido. Me abrí con mi familia…
Pero fue como hablarle a una pared, que me veía con ojos de desconfianza y oía que le explicaba algo; pero no escuchaba. Era solo ruido de una persona que quizá se había vuelto loca.
La sociedad entiende mal el género, basándose en mitos, pero el problema es que están tan enraizados que la gente no está dispuesta a cuestionarlos.
Aprendí mucho de la disonancia cognitiva, en donde las personas intentan mantener la coherencia con sus creencias mientras que la evidencia les grita que están equivocadas. Le demostraba a mi familia con hechos que yo había dado muchas muestras a lo largo del tiempo, sin embargo, le buscaban justificaciones absurdas:
No eres trans; estás en la crisis de los cuarentas.
Siempre jugaste deportes masculinos (si es que eso existe).
Mientras más se daban cuenta que mi transición iba en serio, más sobre reaccionaban y mayor era su angustia. Los comportamientos pasaron de la negación a la agresión, y no hablo de agresiones menores, porque a veces me mandaron al hospital, llena de ronchas por stress, o me quisieron meter el pie como pudieron, tratando de sabotear aquellas relaciones que me apoyaban para que me quedara sola.
Era algo así como pensar: si se lo hacemos más difícil, quizá desista de transicionar.
Un día me dijeron que vistiéndome de mujer me iban a agredir en la calle y les contesté que efectivamente, me iban a agredir, pero si mi casa era el primer lugar inseguro, yo tenía que continuar con mi vida en otro lado.
Era muy difícil darme cuenta en tiempo real, siendo el objeto de sus agresiones, pero en retrospectiva aprendí varias lecciones trabajando con familias trans. Resulta que en su mente, todas esas agresiones venían de un tremendo miedo, no un miedo moderado y controlable, sino más parecido al pánico. En su mente, preferían agredirme porque pensaban que lo hacían por mi bien.
“Mejor hacerla desistir a que lo pierda todo”, pensaban.
No les faltaba razón en pensar que la vida sería muy dura para mí al transicionar, pero no midieron el dolor que nos causa el vivir de manera no auténtica, por medio de un personaje que sí está cada vez más roto; te empiezas a volver una copia de la copia, cada vez con menos resolución. Tu único poder real es cuando te alineas con quién eres en realidad, y ahí puedes liberar tu verdadero potencial.
A las familias les falta de entrada un componente que la persona trans si tiene: el haber vivido su vida de manera no auténtica y experimentar ese dolor. Mientras más te alejas de quien eres, se convierte en una peor tortura existencial.
Esa era la razón por la cual la explicación del doctor me resonó a la primera pero a ellos no. Yo lo había vivido en silencio, en secreto, y cuando el doctor explicó lo que me pasaba era como si yo misma lo hubiera relatado. Para la familia fue algo que les cayó como bomba y de sorpresa. Sí, había señales, como cuando mi hermana me dijo que ni siquiera su amigo gay se ponía crema con brillitos cuando me vio utilizarla, pero de alguna manera su mente no hacía la conexión y creía que solo era una excentricidad.
¿Y cuando se les explica que llevabas años así, o décadas, y lo que sentías? ¿Cuándo ibas notando como te apagabas y la vida se te iba sin ser tú? Nadie da el paso de transicionar inocentemente, creyendo que no va a haber consecuencias. Nadie pasaría por esto si no le quemara.
Pero la ecuación para las familias es diferente que para ti: al no experimentar discordancia de género, miden perfectamente el riesgo de transicionar, pero no el de no hacerlo. Ese no lo conocen.
Las familias quieren a sus hijes trans y quieren protegerles, eso no está en duda. La buena noticia es que por medio de la información de fuentes fidedignas y poniendo verdadera atención a los sentimientos de sus hijes, comienzan a notar el cambio positivo cuando se recibe atención afirmativa de género. La transición libera, empodera, te quita cadenas que nunca debieron estar ahí.
A las familias se les baja la ansiedad al quitar los prejuicios y darse cuenta de que podemos tener vidas felices en nuestro género afirmado y pasan de la duda y el miedo, a la comprensión y la seguridad. Los hechos hablan fuerte.
No se trata de mentirle a las familias, diciéndoles que la transición está libre de retos; serán muchos los obstáculos y por primera vez empezarán a vivir la discriminación en carne propia. Yo estoy segura de que, aun cuando mi familia no entendiera al principio, jamás hubieran permitido que alguien me agrediera o hablara mal de mí. Ahí me di cuenta que había esperanza.
Aprender cosas nuevas, difíciles, y de tanta carga emocional toma tiempo. Nadie se vuelve experto o digiere algo así de complejo tan rápido, que cuando le sumamos el miedo, la desinformación que hay que “borrar del disco duro” para que entre la información correcta y tantos obstáculos, comprendemos también lo difícil que puede resultar.
Por eso nos ponemos también en los zapatos de las familias y les llevamos por los caminos más amables y rápidos a vivir lo que ahora también es su viaje de género, sin juzgarlas. Al contrario, las honramos por su valentía y porque de ellas depende en gran medida que sus hijes lleven vidas felices y de realización.
Es difícil, es tardado, ¡pero se llega!
No vivas esta experiencia en soledad, queriendo sostenerlo todo y sin comprender bien lo que está viviendo tu hije. Te invitamos a inscribirte en nuestro grupo Navegando el viaje de género para familias con hijes de género diverso, en donde aprenderás las mejores prácticas para ayudar a tu hije desde ciencia y la atención afirmativa de género y trabajaremos con tus sentimientos como el miedo, la culpa, el duelo y la tristeza, porque tu hije te necesita fuerte para apoyarle y tu mereces todos los cuidados y herramientas para estar bien.
Juliette Greenham Güémez es coach de crianza de la TransFamily Alliance y facilitadora de Navegando el Viaje de Género, el programa en español para familias con hijes trans y de género diverso. Contadora y MBA por la Universidad de Kent, en Inglaterra, combinó una sólida carrera en finanzas con su propia experiencia de transición después de los 40 años para dedicarse de lleno al acompañamiento de familias en su viaje de género. Es escritora, investigadora y creadora de contenido comprometida con la divulgación responsable de la diversidad de género. Juliette trabaja junto al equipo de la TransFamily Alliance, el Gender Health Training Institute y Quest Family Therapy, y sabe de primera mano lo que significa encontrar el camino hacia una vida auténtica — y lo que una familia amorosa y bien informada puede cambiar.







